Los límites que heredamos
El mundo en que nacemos
Una de las ideas centrales de Through the Labyrinth es que todos nacemos dentro de un laberinto. No llegamos al mundo desde una posición neutral para después escoger libremente el lugar desde el cual vamos a observarlo. Desde el momento en que nacemos estamos insertos en una familia, en una cultura, en un país y en un determinado momento histórico. Recibimos una educación primero en casa y después en instituciones formales; estamos rodeados de determinadas ideas, tradiciones y expectativas; tenemos una psicología, una personalidad y sesgos que también influyen sobre la manera en que interpretamos lo que tenemos delante. Todo eso configura nuestra realidad mucho antes de que tengamos siquiera conciencia suficiente para preguntarnos por ella.
Por eso me parece útil la imagen de un corredor dentro de un laberinto. Nacemos, por decirlo así, dentro de uno de esos corredores. Podemos avanzar durante años viendo las paredes que tenemos inmediatamente a nuestro alrededor sin tener ninguna conciencia de la estructura completa. Esas paredes están formadas, en parte, por circunstancias reales, pero también por las expectativas de nuestra familia, nuestra cultura, la sociedad en que vivimos y el momento histórico en el que nos tocó nacer. Nuestra realidad, que creemos que es la realidad, es en realidad nuestra realidad: la parte del laberinto que nos ha tocado conocer.
Eso tiene una consecuencia importante. Si durante nuestra vida hemos visto solamente determinados corredores, llegamos a pensar que no existen otros. Algunas posibilidades ni siquiera aparecen ante nosotros como posibilidades. Otras parecen pertenecer a otra clase de personas, a otra edad, a otra familia, a otra cultura o simplemente a otro tipo de vida. No necesariamente porque alguien nos las haya prohibido de manera explícita, sino porque el mundo en que crecimos ya venía preconfigurado con ciertas ideas acerca de lo que corresponde hacer, cuándo corresponde hacerlo y qué caminos parecen razonables.
Ahí aparece una formulación que me parece particularmente útil: muchas imposibilidades son expectativas disfrazadas de hechos. Nos pueden decir que algo es extraño para nuestra edad, que es demasiado tarde, que determinada decisión ya no corresponde o que ése simplemente no es el tipo de camino que se espera de nosotros. Con el tiempo, una expectativa familiar, cultural o social puede dejar de sentirse como una opinión o una convención y comenzar a sentirse como un hecho. Las paredes se solidifican porque nunca hemos visto lo que hay más allá de ellas.
La edad ofrece un ejemplo particularmente claro. Desde hace décadas, la investigación sobre age norms y el llamado social clock ha mostrado que las sociedades desarrollan expectativas acerca del momento considerado apropiado para determinadas transiciones de la vida.¹ Estudios posteriores han encontrado que esas edades consideradas normales no son fijas y pueden diferir de las registradas en estudios anteriores,² mientras que investigación más reciente muestra que la rigidez de esos calendarios puede variar también entre culturas.³ En otras palabras, al menos una parte de aquello que sentimos como el momento “correcto” o “incorrecto” para hacer algo depende del corredor social e histórico desde el cual estamos mirando.
Pero la edad es sólo una de muchas formas en que esto ocurre. Una familia en la que varios miembros han sido, durante generaciones, de una profesión específica puede transmitir, incluso sin decirlo expresamente, la expectativa de que ese es el camino natural para la siguiente generación. Familias vinculadas durante décadas a la política, al derecho, a la medicina, a los negocios u otras profesiones o actividades pueden hacer algo similar. La educación, la religión, el origen familiar, el entorno profesional, la cultura o el país pueden ir delimitando un espacio de posibilidades que termina pareciendo natural precisamente porque ha estado allí desde antes de que pudiéramos cuestionarlo. Algunas personas pueden ser educadas para pensar que ciertas aspiraciones están fuera de su alcance; otras, desde circunstancias completamente diferentes, pueden sentir que determinadas elecciones no corresponden a lo que se espera de ellas. El mecanismo de fondo es parecido: algo que comenzó como una expectativa termina adquiriendo la autoridad de una realidad.
Más allá de los pasillos conocidos
Mi interpretación de Teseo, el laberinto y el Minotauro no es literal, sino simbólica. Teseo, tal como nosotros, nació en su propio laberinto. Él también perteneció a un mundo, a una historia y a unas circunstancias que lo precedieron. Lo que hace Teseo es representar la actitud de quien decide recorrer el laberinto más allá de los pasillos conocidos. No permanece simplemente dentro del corredor que le tocó. En pos de una misión, decide sobreponerse a la incertidumbre y al miedo, y adentrarse a explorar.
Ésa es, para mí, una de las dimensiones más importantes de la metáfora. Todos estamos dentro de algún corredor, pero no todos desarrollamos necesariamente la misma disposición a preguntarnos cómo seríamos fuera de él. Podemos permanecer durante toda la vida dentro de un conjunto de expectativas que nos dicen qué corresponde hacer, qué se espera de alguien de nuestra edad, de nuestra profesión, de nuestra familia o de nuestro entorno. O podemos, en algún momento, tomar conciencia de que estamos dentro de un laberinto mucho mayor y empezar a interrogar los límites de aquello que hasta entonces habíamos considerado posible.
Por supuesto, esto no significa asumir que todas las paredes son imaginarias o atravesables. Algunas limitaciones sí existen, y negarlas sería ingenuo. La edad, el cuerpo, la geografía, el dinero, el tiempo y el talento sí pueden limitar o cerrar posibilidades reales. Podemos no tener los recursos necesarios para determinada actividad, podemos tener una limitación física objetiva o podemos haber llegado efectivamente demasiado tarde para una posibilidad específica. Reconocer esto no debilita el argumento; es parte esencial de él. La pregunta no consiste en convencernos de que no existen restricciones, sino precisamente en aprender a distinguirlas.
Diferenciando los muros
Existe una diferencia profunda entre una limitación que realmente existe y una que hemos aprendido a creer que existe. Ambas pueden sentirse exactamente igual mientras estamos dentro del corredor. Podemos estar frente a una pared real o frente a una expectativa que se ha vuelto tan familiar que adquirió la apariencia de una pared. Si nunca hacemos la distinción, ambas terminan gobernando nuestras decisiones de la misma manera.
Por eso creo que una de las preguntas importantes frente a cualquier límite es preguntarnos de dónde viene y cuál es su verdadera naturaleza. ¿Hay algo material que efectivamente hace imposible esa posibilidad? ¿O estamos tratando como un hecho algo que proviene principalmente de una expectativa o costumbre? ¿Estamos frente a un límite real o frente a una idea que otros, con buenas o malas intenciones, nos transmitieron y que nosotros terminamos incorporando como propia?
A veces la respuesta confirmará la restricción. Podemos examinarla cuidadosamente y descubrir que sí, en efecto, existe una pared que no podemos atravesar. Eso forma parte de la realidad y hay que aceptarlo. Pero en otras ocasiones podemos descubrir que la pared no era exactamente lo que creíamos. Quizás había una dificultad, pero no una imposibilidad. Quizás era un camino poco habitual, pero no un camino cerrado. Quizás lo que parecía demasiado tarde era solo más tarde de lo que nuestro contexto social específico consideraba normal.
Esa diferencia puede cambiar mucho. Nuestro espacio de posibilidades deja de estar definido exclusivamente por aquello que otros, o nosotros mismos bajo la influencia de otros, habíamos dado por sentado. Muchas personas probablemente llegan más lejos de lo que inicialmente creían posible precisamente porque en algún momento cuestionaron una frontera que habían aprendido a respetar. La frontera no desapareció, pero descubrieron que su alcance era menor del que habían supuesto.
Eso requiere una cierta independencia psicológica e intelectual: la capacidad de apartarse del consenso cuando el propio juicio lo exige. Pensar por uno mismo no significa rechazar sistemáticamente las expectativas de la familia, la cultura o la sociedad. Muchas de ellas pueden contener experiencia, prudencia o buenas razones. Significa no confundir tan fácilmente el consenso con la realidad.
En último término, ésa es la actitud que veo representada en Teseo. La sabiduría está en adquirir conciencia suficiente de que nuestro corredor inicial es solo una fracción mínima de un laberinto mucho mayor, lleno de posibilidades, y que las paredes que vemos desde nuestra posición inmediata no describen los verdaderos límites de toda la estructura.
Eso no implica, claro está, que encontraremos cualquier camino que queramos ni que podremos atravesar cualquier límite. Pero sí cambia la manera en que juzgamos los límites que encontramos. Antes de otorgarles autoridad sobre nuestras decisiones, podemos preguntarnos qué son realmente, de dónde provienen y hasta dónde llegan.
Algunas paredes son parte de la realidad de nuestra naturaleza humana. Pero otras pertenecen en mucho mayor medida meramente al corredor que heredamos. Desde dentro, sin embargo, ambas pueden parecer igualmente sólidas. Aprender a distinguirlas es una de las razones por las que vale la pena recordar que siempre hemos estado, y seguiremos estando, dentro de un laberinto.
Notas
Bernice L. Neugarten, Joan W. Moore, and John C. Lowe, “Age Norms, Age Constraints, and Adult Socialization,” American Journal of Sociology 70, no. 6 (1965): 710–17, https://doi.org/10.1086/223965.
Candida C. Peterson, “The Ticking of the Social Clock: Adults’ Beliefs about the Timing of Transition Events,” The International Journal of Aging and Human Development 42, no. 3 (1996): 189–203, https://doi.org/10.2190/MMDD-F9YP-NPN8-720M.
Lu Zang and Heejung Kim, “Culture and the Social Clock: Cultural Differences in the Optimal Timing of Life,” Personality and Social Psychology Bulletin 52, no. 10 (2026): 3144–63, https://doi.org/10.1177/01461672251362514.
